La última voluntad. (relato)

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La última voluntad. (relato)

Mensaje  Dungeon Master el Sáb Oct 25, 2008 8:46 pm

El constante y feroz rugido de la lluvia ahogaba los gritos de los sacerdotes y monjes que intentaban acoger a la gente en sus iglesias y monasterios. "¡El apocalipsis ha llegado!" gritaban todos. Parecía que el fin del mundo estaba empezando a manifestarse, el diluvio era de tal magnitud que parecía como si los mares se hubiesen evaporado y en aquellos momentos hubiesen decidido volver a ser agua. Todo estaba inundado, mirases donde mirases el agua estaba presente. Los humanos, que durante toda su existencia se han beneficiado y han sobrevivido gracias a este elemento ahora estaban sufriendo su lado destructivo. En la iglesia apenas había cuarenta personas, el resto o se las había llevado la corriente de agua o se habían quedado atrapadas en sus chozas.

El sacerdote no hacía otra cosa que empezar a amontonar sillas y tablones en la puerta para tratar de evitar que la fuerza del agua venciese y profanase con la sangre arrastrada el hogar de Dios. La húmedad, casi palpable, flotaba en el aire como si fuese el bramido de una bestia a punto de atacar. Un gran trueno recorre aquella ruinosa iglesia, estremeciendo a los escasos ferigreses que estaban en ella. El sacerdote eleva sus brazos y llama la atención de los creyentes.

-¡Hermanos, Dios nos acogerá en su gloria, no tenemos que temer este diluvio que nos manda el Diablo! ¡Tened fé en el Señor!

-¿Por qué permite Dios que el Diablo haga estas cosas? ¿No se supone que somos su creación? ¿Así es como nos protege?

Ochenta ojos, hasta ahora ahogados en lágrimas, se clavan en un joven de unos deiciseis años. Un coro de murmullos se empieza a formar alrededor del muchacho, el sacerdote señalandolo con el dedo y lleno de ira exclama:

-¡Él es el Diablo, mirad cómo intenta perturbar nuestra fé en Dios! ¡No le tengais misericordia, deshagamonos de él o nos traerá el apocalipsis!

La gente, ciega por las palabras del sacerdote rodea al muchacho, que no tarda en quedar preso de varias decenas de brazos y garras que se clavan en su carne. Arrastrándole como si fuese un perro sarnoso, lo acercan a la puerta. El sacerdote, con los ojos inyectados en furia, abre dos palmos la puerta y lo lanza a la calle como si se tratase de un harapo. Una gran corriente de agua que desciende por la calle de barro arrastra al muchacho, que apenas puede ofrecer resistencia contra tal desastre natural. Bracea, patalea, intenta agarrarse a algo, pero todo es en vano. De pronto algo blando frena bruscamente su trayectoria, con casi todas sus fuerzas apoya sus manos en esa cosa e intenta despegarse un poco de ella, pues la continua corriente de agua le mantiene apretado contra ese monton de sacos extraños, esta empezando a sentir que le fallan las fuerzas y que necesita respirar, pues todavía esta sumergido bajo el agua, intentando separarse de esa pila de sacos. Tras un sobrenatural esfuerzo consigue despegarse unos palmos de aquellos sacos, cuando abre los ojos y mira bien lo que tiene enfrente el joven se exalta. Pues no son sacos, son cadaveres de gente que ha muerto ahogada y habían quedado amontonadas en ese lugar.

Cuando ya apenas se mantenía consciente se percata de un gran chirrido y sale empujado junto con el resto de cuerpos exánimes hacia delante. Pues estaban atrapados en la berja de la salida de la ciudad, que había cedido debido al peso de la gente y la fuerza del agua. Tras volver a llenar sus pulmones del preciado aire y estar libre de la presión de los cuerpos el muchacho intenta mirar a su alrededor, casi de milagro consigue agarrarse a un gran árbol. Todo estaba inundado, el río estaba desbordado y del cielo no hacía más que caer un incesante diluvio. Los rayos y los truenos le parecían rugidos de bestias y tras la intensa lluvia le parecía ver cosas extrañas. Los brazos se negaban a seguir agarrados a ese tronco y el muchacho, exhausto, se deja llevar por la corriente. Los parpados, como si fuesen de plomo inevitablemente se cierran.


Continuará...

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